viernes, 2 de noviembre de 2012

El uniforme

No sé cuando fue que empecé a pensar y a filosofar acerca de la vida y las cosas que me rodeaban. Sí que era muy pequeña. Todo me preocupaba y llamaba la atención. También me sentía responsable.  Pero tenía mi refugio : mi escritorio. A los seis años no era el mío, pero terminó siendo mi habitación ya de joven adulta. Me apropie de él con toda la energía que tuve. Igual poco esfuerzo ameritaba. Los libros eran solo míos.  La máquina Olivetti de mi abuelo fue mi otrora primera pseudo computadora por la que hoy escribo rápido a tres o cuatro dedos solamente. Tardes interminables de lectura de libros de la colección Robin Hood, Historias de la Humanidad del Lo sé Todo, las enciclopedias, y mi adorable y aún existente Rimas y Leyendas de Becquer, La Divina Comedia del Dante ilustrada, La vida es Sueño de Don Calderón y hasta libros de física de mi papá. Miles de otros libros más colmaban mis interminables tardes intercaladas para jugar solitariamente  a la secretaria o a la bibliotecaria. 
Fueron años y años de luego armar mi propia biblioteca, mis tesoros. Esos que hace algunos años  vendí desesperada por unos pesos para comprarle el uniforme a Franquito cuando el papá no quiso cambiarlo de escuela. No olvidaré la cara de quien me los compró por $300 , algo que fácil valía $2500 o mucho más. Pero era su negocio y como le dije: los leí y están en mi. Pero dolió. Los que amamos los libros sabemos que significan. Son tesoros que uno busca cada tanto releer. Párrafos o capítulos únicos. Pero nada que no se pueda alguna vez recuperar.  
Lo importante es que estuvieron conmigo, están en mi cerebro y en mis vivencias y recuerdos y que incluso han servido para el primer uniforme de la salita de tres años de Franquito... Nada muere, todo se transforma no? Creo que sí. 

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